24 nov. 2012

“The Truth”: De Inglewood al anillo


Twitter: @PablitoBeas. Publicado en http://rustlingmagazine.wordpress.com/, sígueles en Twitter:@RustlingMag.


La sequía se prolongaba demasiado, desde la 85/86 los de “verde” no levantaban el anillo, y en el 92´, los Celtics se habían quedado huérfanos de héroes con el “33” de Larry luciendo en el cielo del Boston Garden y no sobre el parquet. Tras un fallido intento de resarcirse, deambulaban por los pabellones de los noventa como vestigios de lo que habían llegado a ser a mediados de los ochenta.


La respuesta a los males de los de Boston se encontraba, sin embargo, en la Costa Oeste, en “territorio enemigo”, en la propia California. Concretamente en Inglewood, una pequeña ciudad del condado de Los Ángeles. Paradójicamente, el niño que había crecido animando a los de púrpura y oro acabaría convirtiéndose en el capitán de su más acérrimo rival.

El chaval en cuestión no tuvo una infancia fácil; Inglewood no era precisamente Beverly Hills. A menudo considerado un suburbio de clase obrera negra, aún sigue registrando unos considerables índices de pobreza (El 22,5% de la población y 19,4% de las familias están por debajo de dicho umbral), sería la cuna de quien escribiera el guión para los Celtics en los años siguientes a su elección en el Draft de 1998. Paul Anthony Pierce era el menor de tres hermanos (Jamal y Stephen), criados por su madre Lorraine Hosey, al igual que Bird, su padre no fue un modelo en su educación, mientras que el padre de Larry era alcohólico, George Pierce fue prácticamente un desconocido para el pequeño Paul.

Sería, por tanto, su madre la que veló por la educación de sus hijos en una ciudad conflictiva, que como reconoció el propio Pierce en una entrevista, “no era el sitio que él escogería para criar a sus hijos”. El baloncesto se convertiría de la mano de su entrenador Mike Collins en su vía de escape, no tardaría en ingresar en el equipo de Inglewood High School. Entre tanto, los Celtics eran vapuleados por los Charlotte Bobcats en primera ronda de Playoff, no clasificándose para los del año siguiente, y cayendo nuevamente a las primeras de cambio en la 94-95, esta vez ante Cleveland.

Hecho al baloncesto que se respiraba en Inglewood, a Paul le resultó algo difícil acostumbrarse a la liga universitaria, pero no tardó en hacerse un hueco y a raíz de una serie de brillantes actuaciones y, con una licenciatura de criminología bajo el brazo, no tardaría en ser seleccionado para el Draft de la NBA.

El 24 de Junio del ´98 supondría a la larga una fecha clave en la historia reciente de los Boston Celtics, Paul Pierce era elegido en el décimo puesto (por detrás de nombres como Dirk Nowitzki, el “saltarín” Vince Carter o Antawn Jamison). El debut de Pierce sería contra Toronto Raptors firmando 19 puntos, 9 rebotes, 5 robos y 4 tapones. Lejos de que aquél partido pudiera haberse tildado de un espejismo, acabó la temporada con unos promedios de 16.5 puntos, 6.4 rebotes y 2.6 asistencias. Obviamente fue incluido en el Mejor Quinteto de Rookies. Además, lideró a los Celtics en triples anotados (84, 10º en la liga), intentados (204), en porcentajes de triples (41.2, 10º también la liga) y en robos (1.71). Registros que mejoraría en las siguientes temporadas.

Sin embargo, la vida de los deportistas muchas veces se define por momentos; instantes en los que tocan la gloria con la punta de los dedos para inscribir su nombre en el Olimpo. Un ejemplo de esto es aquél tiro de Jordan ante Utah que sumió en éxtasis a la ciudad del viento y, de paso, a la cabina de Daimiel y del eterno Montes.

Pero, también, hay otro tipo de momentos; Instantes en los que, llamémoslo X ó Y, la mala suerte que es la otra cara en la moneda de los genios, la fatalidad se ceba con los deportistas. No hablo sólo de cuando una rodilla hace crack y no hay partido de vuelta, hablo de curvas, hablo de Ayrton Senna, de SuperSic, de aquella fatídica sobredosis de Len Bias, de Fernando Martín, de las once puñaladas que recibió Pierce una aciaga noche de septiembre del 2000, a la salida del Buzz Club en Boston.

Ese día bien podría haber supuesto un punto y final en la historia de Paul, pero Pierce estaba hecho de otra pasta, tal vez fuese Inglewood, tal vez, como diría Charles Bukowski aquél tipo nació para robar rosas de las avenidas de la muerte; así aquellas once puñaladas no quedaron más que en un anécdota para un jugador que no se perdió ni un solo partido de aquella temporada.

En la 2000-2001 acabaría por consagrarse como una estrella, promediando 25,3 puntos por partido, y ganándose el sobrenombre de The Truth de boca del mismísimo Shaquille O´Neil. En la rueda de prensa posterior a la derrota de los Celtics ante los Ángeles Lakers (112-107), el gigante angelino realizaba las siguientes declaraciones al periodista de “The Boston Herald”, acerca de la actuación estelar de un Paul Pierce que había anotado ni más ni menos que 42 puntos: “Yo sabía que él podía jugar, pero lo que yo no sabía es que pudiera jugar así. Paul Pierce es la verdad.” [“I knew he could play, but I didn´t know he could play like this. Paul Pierce is the truth”]. Aquella temporada Pierce alcanzaría los 2.000 puntos vistiendo la elástica verde.

Al año siguiente, “Silverado”, como lo bautizó Andrés Montes, firmaba un contrato millonario con el equipo, convirtiéndose en el jugador franquicia. Esa temporada, alcanzarían las Finales de Conferencia, siendo derrotados por los New Jersey Nets, hecho que volvería a repetirse en la 2003-2004, esta vez en primera ronda. Las esperanzas del resurgimiento parecieron llegar cuando el preparador Glen “Doc” Rivers arribaba en la franquicia, pero nada más lejos de la realidad, la 2004-2005 fue otra temporada para olvidar.

Tras dos campañas desastrosas, la estrella de los prometedores Boston parecía agotarse, el trébol parecía haberse deshojado sin ningún triunfo en su haber, la afición, que se había quedado con la miel en los labios con la Final de Conferencia perdida ante los Nets, necesitaba algo que llevarse a la boca. El polvo empezaba a acumularse en las vitrinas del TD Garden, y en la memoria de los espectadores empezaban a parecer ya demasiado lejanas las gestas de los Larry, McHale, Parish, Bill Walton y cía.

Y entonces, llegó la temporada 2007-2008, la temporada del Big-Three: 


 Danny Ainge, a fin de volver a convertir al equipo en candidato al anillo, concretó el traspaso en la noche del Draft de Delonte West, Wally Szczerbiak y la elección número 5 de dicho Draft, del que había sido hasta entonces el buque insignia de Seatle Supersonics, Ray Allen. Posteriormente, a finales del mes de julio, Kevin Garnett llegaba a la franquicia a cambio de Al Jefferson, Sebastian Telfair, Ryan Gomes,Gerald Green y Theo Ratliff, además de la elección de primera ronda del Draft de 2009 y del retorno de los derechos obtenidos en 2006 sobre una elección de primera ronda de Minnesota.

Con la mejor plantilla en más tiempo del que la mayoría de los jóvenes, que devoraban palomitas en los asientos del Boston Garden podía recordar, los “celtas” volvían a los Playoff: Tras derrotar en sendos partidos a los Atlanta Hawks y a los Cleveland Cavaliers de Lebron James, alcanzaban de nuevo unas Finales de Conferencia, en las que derrotarían 4-2 a Detroit Pistons.

El anillo estaba al alcance de la mano, y enfrente, estaban los Lakers, en su primera final sin Shaquille. Pese a que como dijo Bob Ryan, cualquier Celtics-Lakers pasado fue mejor, era inevitable que un viejo aire a años ochenta volviese a adueñarse de la NBA, volvía la rivalidad por excelencia, los Magic Johnson-Larry Bird en la memoria de los espectadores, esta vez en forma de Paul Pierce-, que se había erigido como líder del tridente ofensivo en el capítulo anotador (Garnett-Allen), -Kobe Bryant.

El primer partido de la serie pasará a la historia por la “lesión” de Paul Pierce. Cuando aún restaban más de seis minutos para el final del tercer cuarto, la estrella de Boston chocaba con Perkins intentado defender una entrada a canasta de Kobe, se iba al suelo y se llevaba las manos a la rodilla. Estaba demasiado reciente la lesión de la temporada pasada que le castigó durante la friolera de treinta y cinco partidos en el corazón encogido de los aficionados. Paul se retiraba asistido y atravesaba el túnel de vestuarios en silla de ruedas.

Tal vez todo fuese parte del espectáculo, tal vez Oral Roberts estuviese de verdad en aquel vestuario, tal vez el eslogan de la NBA (When amazing happens) se personificó en The Truth y “ocurrió”, el capitán de los Celtics salió al pabellón por su propio pie, ovacionado por todo un TD Garden que no cabía en sí mismo, sólo faltaba la banda sonora de “Carros de Fuego”, en una escena que parecía sacada de Hollywood”, el de Inglewood fue el Resplandor para un atónito Jack Nicholson. El caso es que metió 22 puntos y el primer partido de la serie fue para Boston, como también lo sería el segundo, no menos efectista: Cuando sentían el aliento de los de púrpura y oro, “Doc” Rivers saltaba al parquet para pedir un tiempo muerto que resultaría decisivo para frenar el envite de los de Phil Jackson.

Con un 0-2 favorable, la serie volaba a Boston, donde tocarían dos de cal y una de arena, con un 2-3 para la franquicia del trébol, el anillo se jugaba en el Stapless Center. Presión para los de Boston, que sumaban ya más de 20 años sin levantar el título, y presión para unos angelinos que seguían teniendo muy recientes las finales del tándem Shaq-Kobe. Había dudas de todos, aficionados, periodistas, en torno a los dos equipos, sobre si “el fondo de armario” era insuficiente, sobre si Vujacic sería el Kukoc de Jackson en los Lakers, sobre si un imberbe Rondo tenía madera para llevar el timón de los Celtics aquella noche, sobre si el cansancio…

Yo estaba con los ojos como platos aquella madrugada, sorbiendo Coca-Cola e intentando no pestañear demasiado por si me perdía algo. Dividido entre unos Celtics de los que estaba encariñado; aquél tipo del escudo fumando en pipa mientras hacía girar un balón sobre su dedo índice siempre me había parecido simpático, y unos Lakers en la que era la primera temporada de un gigantón de 2,16 que nos había hecho creer que a base de comer alcachofas de Sant Boi íbamos a ser tan grandes como él.

El balance del partido fue desolador para los angelinos, en breves pinceladas, los de Phil estuvieron algo “blanditos” y los de Rivers se salieron, en especial, con permiso del MVP de las Finales (Paul Anthony Pierce), ese genio de la línea de tres que es Allen. Puede que cuando Pierce saboreaba el título, envuelto en una nube de confeti verde y blanco, fuese, no un instante decisivo como los que comentaba al principio del artículo, pero sí un momento, un momento en el que puede que se viese en el suelo del Buzz Club, le viniese la imagen del entrenador que condujo su infancia, Scott Collins, una especie de “Roberto” en la vida del Oliver de Inglewood, tal vez, aquel hombre que estaba echando su solicitud para que su número ingresara en el Olimpo de las camisetas retiradas de Boston, se limito a esbozar una sonrisa, a sabiendas de que, tras más de veinte años en los que se les había negado la gloria, los Celtics de Boston habían vuelto. 



Pablo Beas Marín. 


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